miércoles 29 de abril de 2009

Un día de lluvia . . .

El día que se conocieron, llovía como no había llovido en todo el año; por las calles corría agua, y los transeúntes se alejaban lo más que podían en las aceras cada vez que un coche se acercaba demasiado rápido. Los parques parecían lodazales y en los puertos las olas reventaban por sobre los paseos empapando todo de agua salada.

Para él, aquel día estaba resultando un desastre. El atronador sonido de un relámpago lo había despertado mucho más temprano de lo que lo habría hecho el pitido de su reloj despertador y no pudo volver a dormir. Luego, cuando terminaba su frugal desayuno, recordó, irritado, que había dejado el coche a mitad del jardín, y no bajo techo como acostumbraba.

Salió de casa un poco más temprano de lo habitual, para prevenir cualquier contratiempo que pudiese causarle la lluvia, y llegó hasta el coche con el pelo lleno de gotas de agua y el bajo de los impecables pantalones de su terno francés, empapado. El día no podría haber comenzado de peor manera.

Cuando él ya se alejaba de su casa tomando la habitual ruta para llegar al enorme edificio donde trabajaba; ella recién se despertaba de un apacible sueño. Se levantó con pereza mientras iba reconociendo los sonidos de la enorme casa donde vivía. La lluvia golpeaba con fuerza sobre el tejado, unos cuantos metros por encima de su cabeza, y por la ventana le llegaba la difusa luz del sol que a penas atravesaba la densa capa de nubes que cubría la cuidad, no muy lejos de allí.

Buscó las pantuflas bajo su cama y tanteó en el suelo en busca de su bata y salió hacia la cocina donde puso a calentar agua mientras tarareaba alguna canción que había oído por ahí. Bailoteó por la cocina buscando de todo para el desayuno y no mucho después se le unieron sus hermanos y hermanas.

Más tarde, cuando ya había acabado de hacer todo lo que le correspondía, se alistó para salir a la cuidad, eligiendo los colores más brillantes que encontró en su armario. Se calzó sus botas de hule con diseños de flores y salió a esperar el bus.

En ese momento, él terminaba de hablar por teléfono. La conversación lo había dejado tenso y pidió a su secretaria un café. Se reclinó contra el respaldo de su cómoda silla y cerró los ojos. Las cosas no estaban saliendo bien aquel día, y todo era por aquella lluvia, que había llegado de pronto y parecía no querer largarse.

La secretaria llegó con el café humeante y la última edición del periódico local. Era una buena mujer, y lo entendía muy bien, el periódico le ayudaría a distraerse un momento. Salió de la oficina preocupada por su jefe, hacía mucho que no lo veía así de cansado y mal humorado.

Él por su parte al sentir el olor del café se puso alerta, pero permaneció quieto y con los ojos cerrados hasta que oyó cerrarse la puerta. Al abrir los ojos vio el periódico sobre su escritorio y esbozó una leve sonrisa, carente de entusiasmo.

Cuando terminó de leer, el reloj de la catedral, que estaba cruzando la calle, dio las doce, y ella se bajó del bus en la plaza principal de la cuidad, desplegó su paraguas y caminó sin rumbo fijo, deteniéndose a mirar los escaparates cada vez que algo le llamaba la atención, y volviendo a reanudar la marcha luego.

Una luz blanca iluminó la ciudad como un gigantesco flash, y unos segundos después un trueno resonó con fuerza por todos lados. Tan fuerte que pegó un salto en su silla, y lanzó maldiciones en voz baja cuando el concho frío de café que le quedaba se derramó sobre los papeles que estaba terminando de leer.

Llamó a la secretaria para pedirle que limpiara aquel desastre y que reimprimiera los papeles, agarró su abrigo gris y su sombrero y salió de la oficina echando humo. Ya era hora de almorzar.

Cuando la puerta del ascensor se abrió, dos pisos más abajo, la cafetería estaba más llena de lo que había supuesto, y agradeció haber cogido su abrigo. Volvió a pulsar un botón, y cinco minutos después salió a la calle, en medio de la ventolera y la lluvia que caía tan fuerte que rebotaba en el pavimento. No pensó en volver dentro del edificio y bajar a los estacionamientos a buscar su coche; sino que enfiló calle abajo, buscando algún sitio confortable y tranquilo para almorzar.

Su cuñado estaba detrás de la caja, anotando minuciosamente cada peso que entraba y salía en un enorme cuaderno de cuentas, cuando ella entró. Dejó el paraguas estilando a un lado de la puerta y se quitó su impermeable amarillo para colgarlo en la percha.

- ¿Disfrutando de la lluvia? – le preguntó su cuñado cuando se acercó, mientras ella aún miraba satisfecha el agua goteando de su impermeable.

- Como siempre… - respondió ella escuetamente, pidiéndole silencio con un gesto.

Un rayo había atravesado el cielo y en pocos segundos resonaría el relámpago, cosa que siempre la llenaba de regocijo. Pero no pudo apreciarlo en toda su magnitud pues en ese momento alguien abrió la puerta y la campanilla resonó estridentemente.

Cuando se apagó el sonido de la campanilla se quitó el abrigo gris y lo colgó en un perchero junto a un impermeable amarillo. Se quitó el sombrero, le sacudió un poco el agua y lo colgó en la misma percha que su abrigo. Había escogido un buen lugar. Cálido, tranquilo, silencioso.

El contraste entre el vivo color de su impermeable y el gris apagado del abrigo a su lado le llamó la atención. Siguió con la vista al dueño del abrigo, que eligió una mesa un poco apartada, cerca de la ventana y se dejó caer en la cómoda butaca, dándole la espalda a la calle, y hundió su rostro entre sus manos. Se veía cansado, soñoliento y abatido.

El sonido de la lluvia repiqueteando contra el cristal que tenía a su espalda lo tranquilizaba, cosa que le agradó y sorprendió en igual medida, puesto que detestaba la lluvia. Intentó apartar de su mente cualquier pensamiento y se dedicó únicamente a decidir qué comer. No le apetecía comer ensaladas con aquel clima, ni tampoco sopa, pues ya había suficiente agua en el ambiente como para además comerla. Pensó en papas y carne, pero luego vio en una mesa un poco más allá un enorme plato de caldo de pollo. Humeaba y desprendía un olor apetitoso; y aunque solo segundos antes lo había descartado por ser agua, llamó a un mesero y pidió un plato igual.

Sentada en la barra, escuchaba a medias lo que su cuñado le decía. Tenía la mente en otro lugar, y su mirada, que vagaba por el local, se desviaba continuamente hacia la esquina, donde aquel joven con apariencia de hombre de negocios, serio y aburrido, esperaba su pedido. Había algo en él que le llamaba profundamente la atención, pero no lograba discernir qué era precisamente.

- ¿Habías visto a aquel joven antes? – le preguntó a su cuñado de pronto.

- Creo que no – respondió el aludido, confuso - ¿por qué lo preguntas?

Pero ella solo se encogió de hombros, fijó su atención en el abrigo y su impermeable, y luego volvió a mirar al joven, que ya tenía en plato frente a sí, y lo observaba con detención, con la cuchara en su mano derecha.

Hundió la cuchara en el caldo, la movió un poco y se llevó una cucharada llena hasta la boca. Cerró los ojos y disfrutó del intenso sabor unos segundos antes de tragar. Comió con calma, disfrutando cada bocado. Tantas veces había pasado frente a aquel pequeño local, y nunca lo había visto, y no supo decir qué había sido diferente aquel día, para fijar su atención en aquella estrecha y sencilla puerta.

Cuando acabó, paseó la vista por el lugar, satisfecho. Las paredes, blancas, tenían cuadros de alegres colores que mostraban paisajes, formas abstractas, flores. El techo, altísimo, estaba atravesado de gruesas vigas de una madera muy oscura, que contrastaba con el suelo de madera muy clara, casi amarilla. Y la barra, de una madera rojiza dominaba la parte más alta del lugar. Y allí, en un piso junto a la caja registradora, una chica, que bebía distraídamente un jugo de piña, parecía encajar a la perfección en aquel sitio lleno de colores y maderas pulidas y brillantes.

Y allí estaba la razón que sin darse cuenta lo había hecho entrar por aquella estrecha y sencilla puerta: un par de botas de hule, con flores fucsias y amarillas en un fondo verde limón.

Apartó la vista de su vaso de jugo de piña para mirar a los transeúntes que corrían por la acera, intentando llegar rápido a sus destinos y mojarse lo menos posible. Rió bajito, divertida; la gente de la ciudad nunca lograría apreciar la lluvia. Pensó en sus sobrinos y sobrinas y cómo estarían disfrutando de aquel clima en la hacienda, corriendo bajo el agua, entre los árboles del jardín.

Volvió a fijarse en aquel sombrío joven de la mesa de la esquina. Ya había desaparecido el plato, y se encontraba recostado contra el respaldo del asiento, con los brazos detrás de su cabeza y una muy ligera sonrisa de auténtico gozo curvaba las comisuras de sus labios.

- ¿Ese caldo de pollo tiene antidepresivos? – le preguntó a su cuñado.

- ¿Qué dices? – preguntó éste, riendo – Es una broma, ¿verdad?

- No me hagas caso – murmuró ella, volviendo a mirar a la mesa de la esquina - ¿Me traerías otro jugo de piña? – añadió sin apartar la vista

- Pero si ni siquiera has terminado el que tienes – replicó él, dándose la vuelta para entrar en la cocina.

De pronto se encontró a si mismo preguntándose por qué nunca había visto un par de botas de hule de esos colores más que en los pies de niñas pequeñas caminando en los parques de la mano de sus madres. Se preguntó, mirando el techo, con las manos entrelazadas detrás de su cuello, qué pasaba con las personas a medida que crecían y se hacían mayores. Y sonreía, pues se había encontrado con una esas ironías que la vida tiene, algo tonto; la sociedad había establecido que los adultos eran personas serias, y los colores para las personas serias eran oscuros y apagados. Absurdo.

Y fue hacia atrás, a los días de su infancia que parecían tan lejanos en apariencia, pero que en realidad no estaban tan lejos. Su rutina diaria había estado plagada de colores, sonidos, olores… ¿cuándo había desaparecido todo eso?

Cuando su cuñado volvió con el vaso de jugo aún no estaba segura de poder hacer lo que tenía pensado. Se quedó sentada largos segundos aún meditándolo hasta que decidió que si no lo hacía nunca sabría que habría pasado, por lo que no lo pensó más y se alejó de la barra.

Puso el vaso de jugo frente a él y permaneció de pie esperando que notara su presencia. No sabía qué la había impulsado a acercarse, y tampoco tenía idea de qué le iba a decir cuando sus miradas se cruzaran; pero a pesar que comenzaba a sentirse nerviosa, se quedó quieta, esperando.

Un movimiento lo hizo volver a la realidad. Respiró profundamente y volvió la vista a la mesa. Un vaso de jugo de piña había aparecido sin que lo notara, sin haberlo pedido. Miró alrededor confundido y de inmediato se encontró con la dueña del par de botas, a menos de un metro de él, con otro vaso de jugo en las manos.

Se puso de pie de inmediato, como impulsado por un resorte, sin poder apartar sus ojos de los de ella. Sentía que debía, necesitaba decir algo; pero de pronto no encontraba ninguna palabra apropiada. Y mientras su cerebro funcionaba a mil revoluciones por minuto, el resto de su cuerpo parecía haberse paralizado y no entendía por qué.

No imaginó que encontrarse con su mirada podría causarle aquella sensación de estar a medio centímetro de precipitarse al vacío; pero era una impresión tan intensa que solo se quedó inmóvil, concentrada en inhalar y espirar, concentrándose en elegir las palabras idóneas y no farfullar algo incomprensible.

- ¿Te gustaría … - dijeron al mismo tiempo.

Rieron divertidos, apartando la mirada solo un segundo, antes de intentarlo nuevamente. Él hizo un gesto, pidiendo hablar primero.

- Me gustan tus botas – comentó sin pensar.

- A mi no me gusta tu abrigo – respondió ella, y luego se arrepintió y desvió la mirada con el rostro tornándose rosa.

- A mi tampoco – dijo él. Ella alzó la vista sorprendida.

Se miraron en silencio unos momentos, hasta que el sonido de otro trueno los sobresaltó. Él miró hacia la calle con el ceño fruncido, ligeramente disgustado; ella miró hacia el cielo sonriendo de satisfacción.

Al ver de reojo su sonrisa pensó en lo absurdo de su animosidad por la lluvia, y se rió de si mismo. Volvió a sentarse en la butaca y tomó un largo trago de jugo de piña.

- Salud! – dijo alegre, invitándola a sentarse frente a él.

Se sentó donde le indicaba y bebió de su vaso sin poder apartar la vista de él.

- ¿En qué piensas? – preguntó de pronto dejando el vaso sobre la mesa.

- En que no entiendo en que momento perdí los colores…

Ella volvió a mirar el abrigo gris y el impermeable amarillo, se fijó en sus botas de hule y en los zapatos negros de él, comparó los vivos colores de su camiseta y su falda con aquel traje de diseñador en tonos grises y negros con una corbata color perla.

- No los perdiste – le contestó luego de un minuto – están en tus ojos…

- ¿Cómo?

- Si no los tuvieses, no habrías podido ver mis botas – explicó sonriente.

Volvieron a sumirse en el silencio, lanzándose miradas furtivas, mientras terminaban sus jugos.

Se sentía extraño, sentado allí con una chica de su misma edad y que era absolutamente distinta a él en todos los sentidos posibles, o al menos eso era lo que él creía.

Sus ojos tenían ocultas muchas cosas que ella no alcanzaba a comprender. Y no solo sus ojos, todo en él era un misterio para ella. Y eso mismo era lo que le atraía.

- ¿Eres uno de esos profesionales aburridos que trabajan todo el día encerrados, que solo beben café, firman papeles, hablan por teléfono y solo haban con sus secretarias?

- ¿Cómo lo sabes? – preguntó él impresionado.

- He visto muchos caminando serios y silenciosos por las calles, con sus sombreros, sus abrigos de colores oscuros y sus maletines de cuero en una mano y el móvil en la otra – explicó ella – Tú te pareces a ellos, pero no tienes maletín ni móvil…

- Los tengo – la contradijo, divertido –. Los dejé en mi oficina por que salí de allí muy enfadado – añadió tratando de recordar por qué se había enojado, pero no puedo - ¿Y tú? Eres todo lo contrario que yo podría ser…

- Yo que tú no estaría tan seguro de eso – respondió ella – Tengo una profesión y una oficina y una secretaria y un maletín de cuero y también un móvil – añadió sacando el pequeño aparato del bolsillo de su falda.

- Yo… wow! – farfulló él sorprendido.

- Las apariencias engañan, ¿no crees? – preguntó ella, divertida frente a la reacción de él – ¿Tienes que volver a esa oficina o puedes tomarte la tarde? – preguntó de pronto.

- Yo… - dudó – No creo que me extrañen demasiado – decidió.

- Estupendo. ¡Vamos! – exclamó poniéndose de pie y ofreciéndole una mano, que él cogió gustoso.

- Espera – pidió cuando estaban a medio camino entre la mesa y la puerta. Ella lo miró suspicaz – Tengo que pagar la cuenta del almuerzo…

Ella sonrió y le hizo un gesto para que esperara mientras iba hasta la caja para hablar con su cuñado. Regresó en medio minuto y volvió a cogerle la mano y lo haló hacia la puerta.

- Pero…

- Olvídalo. Coge tu abrigo y tu sombrero – le indicó y tomó su impermeable y salió hacia la lluvia.

- Tu paraguas… - comentó él calzándose el sombrero.

- No lo necesito. Vamos.

- ¿Dónde?

- Sólo ven conmigo…

Volvió a cogerle la mano y lo tiró calle abajo por tres cuadras, hasta que llegaron frente al enorme parque que se encontraba casi en medio de la ciudad y que ocupaba al menos un quinto de ella.

Sin detenerse reanudó la marcha, hacia el corazón del parque, con él caminando reticente tras ella, pero sin soltarse de su mano en ningún momento.

No entendía por qué iban al parque. Llovía a raudales y el suelo por el que caminaban era lodoso y resbaladizo. Pero no le importó. Solo se mantuvo cogido de su mano y la siguió a través del desierto jardín, mientras su abrigo absorbía más y más agua.

En un punto cualquiera, se detuvieron.

- ¿Sabes? – le dijo sentándose en una banca cercana e invitándolo a sentarse a su lado – Ni siquiera se tu nombre…

- Cierto – convino él, riendo. Hasta ese momento no se había percatado de aquel detalle – Gabriel – dijo, extendiendo su mano a ella.

- Victoria – respondió, estrechándole la mano.

- ¿Por qué estamos en medio de un parque en un día de lluvia? – preguntó él sin soltarle la mano.

- Porque está lloviendo – respondió ella simplemente – Y por que necesitas tus colores – añadió – Solo tienes que esperar.

Permanecieron sentados, cogidos de las manos, mirando la lluvia caer, mojados hasta la médula.

Al principio no le había agradado en lo más mínimo la idea de quedarse horas bajo la lluvia, pero poco a poco se sentía más a gusto. Era como si la lluvia le lavara la cara, los brazos, el pecho, las piernas, las manos, los pies. Era como si toda aquella agua, más que caer a su alrededor y colarse por su ropa hasta su piel, estuviese atravesándolo y purificándolo.

Comenzó a sentir de una manera diferente. La lluvia ya no era algo malo, era algo maravilloso, que limpiaba a las personas y a la ciudad. Ya no era un sonido molesto; el agua cayendo, corriendo, chocando, golpeando, se había convertido en una sinfonía que deleitaba sus oídos.

Ella solo se quedó ahí, con su mano entrelazada a la de él, mirando alrededor a veces, o con los ojos cerrados y el rostro vuelto hacia el cielo la mayor parte del tiempo; disfrutando de las gotas corriendo por su frente, sus mejillas, su cuello.

Al verla tan tranquila, con los ojos cerrados, disfrutando del agua deslizándose sobre su piel, le provocaba recorrer las líneas de su rostro con su dedo, sentir el calor de su piel, sentirla vibrar bajo su contacto. Pero no se atrevía, así que se limitó a darle un leve apretón en la mano.

Abrió los ojos de inmediato, preguntándose si algo había sucedido, o si algo había cambiado. Sus ojos se cruzaron un momento; él estaba completamente tranquilo, y parecía estar disfrutando de la lluvia. Abrió la boca, como para decir algo, pero en ese momento algo les llamó la atención.

La luminosidad había cambiado. Un poco más allá, sobre el extremo occidental del parque, las nubes se separaban lentamente y un fino rayo de sol comenzaba a abrirse paso entre ellas.

Y de repente allí estaban los colores que Victoria había prometido.

Gabriel miró maravillado el arco de colores y se sintió inundado por ellos, lleno, desbordante. Se puso de pie, sin apartar la vista, y ella lo imitó, quedando ambos muy juntos mirando el arco iris.

Después de unos segundos se volteó para mirarla, con una enorme sonrisa en el rostro. Ella aún tenía los ojos fijos en el arco iris. La miró un rato, hasta que ella volvió a posar sus ojos en los de él. Había una mezcla de sensaciones en sus ojos y en su rostro; pero por sobre todo había alegría e incredulidad.

- Gracias – susurró él.

- ¿Por qué?

- Por abrirme los ojos – respondió él con intensidad.

Su mirada era tan intensa y penetrante que sintió una sacudida en su interior. Le provocó abrazarlo, y sin pensarlo más lo rodeó con sus brazos.

Aquel gesto le sorprendió y por un instante se quedó petrificado, pero luego se repuso y le devolvió el abrazo, escondiendo su rostro en su cuello.

- Lo… lo siento – se disculpó en cuanto se separaron – No… lo pude… evitar…

- No lo hagas – respondió él alzando sus brazos para acunar el rostro de ella entre sus manos, sin poder apartar la mirada de sus ojos.



1 personas han leído y comentado:

Cacko! dijo...

Simplemente, hermoso!!
No había cachado este blog tuyo, hasta que vi con calma el post.
Escribes muy lindo, de verdad.
Me gustó como reflejas la simpleza de las cosas a través de las letras.
¿Cuánta gente se llega a interesar siquiera por el sonido de la lluvia o de apreciar por unos momentos un arco iris en esta selva de cemento?
Definitivamente muy pocas... hacen falta más Victorias que nos abran los ojos a todos los Gabrieles que estamos sumergidos en tanta monotonía y mecanicidad.
Al parecer, eres ya eres una Victoria al escribir algo tan lindo.

Me encantó!
Saludos, "Margarita",

Bruno Battiza.